Hay una etapa de la vida en la que creemos que el cuerpo es infinito.
Dormimos poco. Dormimos mal. Dormimos donde sea.
Y no pasa nada.
O eso creemos.
Cuando somos jóvenes, el descanso parece algo secundario.
Algo que se puede aplazar.
Algo que no merece demasiada atención.
Decimos frases como:
“Yo duermo en cualquier sitio.”
“Con tal de dormir, me vale.”
“Ya descansaré cuando sea mayor.”
Y durante un tiempo, funciona.
El cuerpo aguanta.
La espalda no protesta.
El cansancio se disimula.
Pero no es que no pase nada.
Es que el cuerpo guarda memoria.
La juventud no nos enseña a escuchar al cuerpo
Cuando somos jóvenes, elegimos rápido.
Elegimos lo barato.
Elegimos lo inmediato.
Elegimos lo que se ve.
Invertimos antes en un sofá bonito que en un buen colchón.
En una mesa grande antes que en una almohada adecuada.
En la estética antes que en lo invisible.
Porque el descanso no se ve.
No se enseña.
No se presume.
Dormir parece algo básico, automático, casi irrelevante.
Como si el cuerpo no trabajara durante la noche.
Como si no se reparara, no se recolocara, no se recuperara.
Y así pasan los años.
El cuerpo no se queja de golpe, avisa poco a poco
El problema de dormir mal no es inmediato.
No da una señal clara al principio.
No duele de repente.
Empieza con pequeñas cosas:
• rigidez al levantarse
• una molestia en la espalda
• cervicales cargadas
• cansancio que no se va
Y lo normalizamos.
Pensamos que es estrés.
Que es el trabajo.
Que es la edad.
Pero muchas veces, no es la edad.
Es el resultado de años descansando mal.
No por una noche.
No por una semana.
Sino por decisiones repetidas durante mucho tiempo.
Con los años entendemos lo que antes ignorábamos
Hay un momento, casi siempre silencioso, en el que algo cambia.
Un día te levantas y no estás bien.
Y al día siguiente tampoco.
Empiezas a ir al fisio.
Al médico.
A hacer estiramientos.
A cuidar la alimentación.
Y todo ayuda.
Pero hay algo que sigue fallando.
La noche.
Ese lugar donde deberíamos recuperarnos…
y no lo hacemos.
Es entonces cuando entendemos que el descanso no era secundario.
Era fundamental.
Dormir bien no es un lujo, es una forma de cuidarse
Invertir en descanso no es un capricho tardío.
Es una forma de respeto hacia el cuerpo.
Un buen colchón y una buena almohada no prometen milagros.
Pero sí ofrecen algo muy valioso:
• mejor postura
• menos tensión acumulada
• un descanso más profundo
• despertares menos dolorosos
Y con el tiempo, eso marca la diferencia entre vivir con molestias
o vivir con mayor calidad de vida.
Ojalá alguien nos hubiera dicho antes que dormir también es salud
En Colchonería Blázquez escuchamos a menudo la misma frase:
“Si lo llego a saber antes…”
Y no habla de dinero.
Habla de tiempo.
De años.
De decisiones que parecían pequeñas y no lo eran.
Dormir bien no te hace más joven.
Pero sí te permite llegar mejor a cada etapa.
Y quizá la verdadera madurez no sea aguantar menos,
sino aprender a cuidarse antes.
Colchonería Blázquez
Tres generaciones cuidando el descanso en Salamanca.
Porque con los años entendemos que dormir nunca fue perder el tiempo.
Fue cuidarnos sin saberlo.



